Rondaba la tarde, hacia algo de frío, asíque permanecia perezoso abrigado por una manta de piel, todo apuntaba a que iba a ser un día como otro, un día normal. Pero no podía estar más equivocado, como a menudo estaba demostrando.
El suelo tembló, un poco de polvo cayó del techo, escapando de entre las piedras de la muralla. Permanecí allí, no le di mayor importancia. Hasta que un segundo temblor, más intenso, sacudió toda la sección de la muralla. Me puse en pie y rápidamente le vestí el azul, tome el arco, el escudo y la espada y salí presto mientras me colocaba la capa de la milicia (Aún no se para que la llevo). Subí a la muralla para descubrir los enormes proyectiles de piedra que habían impactado a unos cuantos metros, otro proyectil surcaba el aire, haciéndose añicos en su vuelo para caer como metralla sin causar ningún daño, pues no llego a las puertas.
Ya se había evacuado a toda la gente del extramuro dentro y los batidores estaban dispuestos a salir. Un grupo de aventureros aguardaban a las puertas, deseosos de salir en buscar del honor que aportaría la victoria, supongo.
Sin embargo no tenían muchas posibilidades de salir al exterior, pues la ciudad estaba sellada hasta nueva orden. Y ahí vi mi oportunidad, tengo que hacer méritos y ascender cuantos antes, un asalto hacia Angor frustrado podría añadir bastantes méritos a mi expediente. Alcé la voz, le pedí al Sargento permiso para abandonar posición y guiar al grupo de aventureros hacia la escaramuza. Accedió tras preguntarme si había recibido algún tipo de instrucción como batidor, supongo que el año que pasé junto a Alexa valdrá.
Y así fue, junto con ese grupo de civiles salí al exterior, intercambiamos algunas palabras con los batidores, que salieron antes que nosotros y nos pusimos en marcha, tomaríamos el camino del norte y subiríamos por el encinar, evitamos los caminos todo lo que pudimos. Entonces, poco antes de entrar al cañón vimos un grupo de orcos.
Decidí que lo más prudente era dejarlos pasar, era un grupo pequeño, no quería que nos alertaran aún. El resto accedió, los orcos se alejaron y al poco, fueron abatidos por los batidores de Alexa. La alegría nos duró poco, encontramos un grupo de orcos nada más bajar adentrarnos en el cañón. Le refriega no se alargó, no sufrimos bajas pero los orcos fueron alertados. Al poco, el fuego de artillería se centró sobre nosotros.
Refugiados al amparo de una formación rocosa del fuego de catapulta y lanzapiedras, corrimos hacia las colinas para no ser enterrados bajo piedras. Desde allí, arropados de las armas orcas por las colinas vimos su campamento, alrededor de 30 orcos, bien armados, alguno mejor armado que el resto, un líder, supuse.
Una flecha se clavó cerca nuestra, llevaba una lazada azul, era un mensaje, sin duda de los batidores. Nedara leyó este mensaje, los batidores estaban cerca nuestra, así que lo mejor era cambiar de posición para hacer un ataque a dos flancos, cogiendo a esos orcos justo en medio. Colocarnos de nuevo no supuso problema, pues los orcos nos habían perdido de vista y de posición hace bastante. Ahora, los orcos estaban justo en el centro, nosotros a la derecha y los batidores de Alexa, a la izquierda. Sonaba a buen plan.
Los orcos, además de esos lanzapiedras, tenían unas catapultas, fuimos primero allí. Antes de que pudiéramos decidir un plan, una rociada de flechas cayó sobre los orcos, abatiendo a muchos e hiriendo a otros tantos. Como contestación, un buen grupo de orcos salio en busca de esos tiradores, estúpidos orcos, nos habían abierto las puertas de casa. Caímos como el rayo sobre ellos, golpeando y disparando, hiriendo y matando.
El combate no duró mucho, Ronan cayó herido y las catapultas de los orcos fueron quemadas, tras atacar, volvimos al cobijo de las colinas, el humo y el fuego no tardaría en alterar a los orcos que abandonaron esa posición.
Maese Keldari, que acudió como refuerzo, atendió las heridas de Ronan sacándole de todo peligro y se unió a la compañía. Los orcos no tardaron en buscarnos y tampoco tardaron en encontrarnos, era bastante fácil seguirnos el rastro, éramos un grupo grande y poco organizado. Por suerte éramos un grupo letal y esos orcos que fueron detrás nuestra ahora crían gusanos en el cañón, ningún herido en nuestras filas.
Nos posicionamos a la retaguardia de los lanzapiedras, esa posición estaba bien defendida, mientras evaluábamos la situación propuse usar flechas untadas en brea y aceite para prender los lanzapiedras a distancia. Nana y Kelyan accedieron. Mientras nosotros dispararíamos el fuego, el resto cubriría la posición, sólo haría falta una señal. Y esta señal no llegó a manos de nosotros, una segunda andanada de flechas, disparadas por las certeras manos de los batidores, acertó de lleno sobre el grueso que cubría los lanzapiedras, muchos cayeron. Maese Kelyan y yo disparamos esas flechas, dimos en el blanco, el fuego, rápidamente se propagó por los lanzapiedras y por algunos elementos volátiles del campamento orco. El caos sacudió a los orcos, desorganizados buscaron a los culpables de aquella lluvia de fuego.
Los orcos, algunos cubiertos en llamas intentaban huir y salvarse, pero ninguna salvación quedaba para ellos, su campamento estaba desbaratado, les atacaban de varios flancos y sus líderes estaban cubiertos por el fuego. El resultado de ese combate fue arrollador, los orcos murieron, las armas de asedio fueron quemadas, ninguno de nosotros lamentaría la muerte de otro. Nuestra compañía saldría victoriosa y añadiría algún que otro punto a mi expediente.
Hoy volvemos a casa, victoriosos y con el orgullo en alza. Había cosas que me hubiera gustado perfeccionar, a pesar de todo, doy gracias a Nana por haber estado ahí.
Hoy volveríamos al fuego del hogar.




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