La primera, inadvertida, voló certera hasta la coraza del orco, atravesándola pero no con la suficiente fuerza para hacerle caer. La segunda, súbita, vio el cuello del orco desprotegido, adentrándose en él y llevándose con ella arteria y músculo. La tercera flecha, preparada, se mantuvo en el cuerpo del arco, esperando. El orco, moribundo hincó su rodilla en el suelo, débil por la pérdida de sangre, aturdido por la brevedad del asalto. Al final las fuerzas le abandonaron, cayó de lado sobre su hombro, intentó levantarse apoyándose sobre su escudo mas no pudo, estaba muerto y se negaba a aceptarlo.
Entonces me acerqué precavido, con el arco a la espalda, la mano en la empuñadura de la diestra. Puse un pie sobre el hombro del orco, haciendo fuerza para tumbarle boca arriba. Inutilmente el orco intentó levantar su arma, mas no hizo falta que lo detuviese, que lo pretendía ser estocada quedó en amago. Así, saqué la espada de la vaina que le daba cobijo y la hundí en el tórax del orco. Expiró. Di un tajo al aire, desprendiendo la sangre y luego pasé la capa sobre la hoja, limpiandola para volver a enfundarla.
Seguí el camino, anochecía, apremié el paso mientras las pocas luces que quedaban jugaban a revolotear entre rama y rama a esconderse. Refugiado contra una pared de roca encendí una hoguera, dejé el arco a mi lado y me eché una manta por encima. El fuego de la hoguera pronto cobró vida, mi única compañía eran los insectos y animales que ponían melodía a la noche.
Entonces, en se momento de calma, miré al fuego. Las llamas, crepitantes y danzantes empezaron a tomar forma, a evocar recuerdos. Me vi a mi mismo, muchos años atrás, aún de mi madre del brazo, mandandome a la calle, contando las tintineantes monedas que le ofrecían esas manos callosas y sonrisas melladas. Vagaba por las calles sin mucho que hacer, más que tirarles piedras a los gatos o ver la faena diaria de pescadores en el puerto, viendo ver y venir la marea. Una suave brisa hizo moverse a las llamas, como el trigo mecido al viento. Entonces me vi a mi mismo, de la mano de un desconocido, acompañando a las escasas telas que daban forma al féretro donde descansaba la madre que vio crecer. La dejaron caer en el foso, sin mucha ceremonia, cada pala cargada de arena, cada sentimiento soterrado. Del mismo modo que vine me marché, acompañado de una mano desconocida. Parpadeé, me había quedado dormido, agarré el arco y lo acerqué más a mi. Sabía que no había nada cerca que pudiera ponerme en peligro, pero en el fondo, no era eso lo que temía. Tenía el rostro salpicado de lágrimas.
Volví a verme a mismo, sirviendo como mozo en una casa de gente de alta cuna, señoritos y caballeros. Mi madre me enseñó a aceptar cuando teníamos y aferrarnos a lo que éramos. Nunca he tenido problemas en hacer cuanto me mandan, supongo que es mi forma de ser, supongo que es lo que me ha tocado ser. Los años pasaban rápido en mi mente, mientras al niño que daban forma los recuerdos crecía del mismo modo. Seguía haciendo lo mismo, no se quejó, porque era lo que tenía que hacer. Ese niño dejó de serlo para hacerse adolescente, al mismo tiempo que la casa en la que trabajaba cayó en desgracia, los Litiak, se desprendieron de todo lo que no necesitaban realmente. Así, fui arrojado y cercenado de los únicos brazos que me daban de amamantar. Ese fue el momento en que lo vi todo claro, Angor no vale nada, Angor no puede mantener lo poco que tiene hacinado en sus muros, y veía clara la razón, los nobles, a quien confiamos nuestra seguridad, nuestras normas y nuestro bienestar no hacían su labor, sólo pavoneaban y se paseaban con sus opulentas vestimentas. Y en lo alto de todo, está nuestra amada Regencia. Sin embargo un pensamiento así, sin acciones, no vale nada. Mi madre me enseñó a aceptar lo que somos, pero hablaba en presente, no hablaba de ningún futuro. Y hay una manera de que alguien tan insignificante dentro de estos muros pueda hacer algo, la fórmula era sencilla, adentrarse en uno de los pilares que sostienen la ciudad. El ejército de Nueva Angor era la mejor opción, dadas las circunstancias.
Sacudí la cabeza, había vuelvo a ensoñiscarme de nuevo. Una ligera lluvia bañaba el ya húmedo suelo y la hoguera se quejaba crepitando. Me arrebujé bien en la manta pues empezaría a hacer bastante frío en pocas horas. Ciertamente no sería tan fácil adentrarse en el ejército, y menos adentrarse tanto como para hacer algo, en algunos años, quizá menos, estallará una revuelta popular, cuando la ciudad no de a basto, cuando la situación no sea sostenible, la gente, antes arrodillada se pondrá en pie. Cuando llegue ese momento, el ejército; la guardia debe saber cual es su posición, que es en pos del progreso. Espero poder llegar lo suficientemente alto a tiempo.
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